sábado, 27 de febrero de 2016

La deriva evaperonista de Ada Colau



En 2014 publiqué en este blog un post titulado Ada, tras hacer pública la Colau (así, en plan diva) una carta en la que explicaba su decisión de dimitir de la responsabilidad de portavoz estatal de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y defendiendo que, a pesar de lo que rumoreaba, no iba a fichar por ningún partido.

En aquel post dejé escrito lo siguiente, que Aunque respete su decisión, yo personalmente creo que sería bueno para la democracia que Ada Colau se replanteara dicha negativa y que si le apetece, aceptase alguna de las propuestas que al parecer ya le han hecho llegar.

Traigo esto a colación porque quiero dejar claro que, entonces y ahora, tengo una gran consideración hacia Ada Colau, por mucho que no la votaría. Pero este respeto intelectual y moral no me impide mostrar mi sorpresa por la forma que ha abordado la gestión del conflicto laboral del metro de Barcelona.

Pero tal vez no debería sorprenderme. Suele ocurrir que los líderes que han salido desde abajo, y que han conseguido del obrerismo una parte importante del apoyo que les ha catapultado hacia arriba, son incapaces de evitar traducir una huelga como una agresión hacia ellos.

Las declaraciones de Colau me recordó una escena de la película Eva Perón de Juan Carlos Desanzo con una magistral Esther Goris en el papel de María Eva Duarte. Me refiero a la recreación de un encuentro, en un taller ferroviario, de la jovencísima esposa del presidente argentino con un grupo de trabajadores en huelga, luchando por la mejorar del bajo salario de la época (del minuto 13:56 al minuto 18:22).

La escena es fascinante. Una mujer menuda se enfrenta a un mundo absolutamente masculinizado (que rezuma testosterona, vamos), fuertemente sindicalizado, con presencia no sólo de trabajadores peronistas sino también de socialistas.

Desafiante, Eva reprende a los trabajadores por hacerle una huelga bajo la presidencia de Juan Domingo Perón:

Esta huelga, compañeros, que están ustedes haciendo al gobierno peronista, es una huelga contra el movimiento obrero. Una huelga contra ustedes mismos. Escuchen bien, compañeros, el que le hace una huelga al peronismo es un carnero de la oligarquía. Y entiéndanme bien, muchachos. Entiéndanme bien, por favor. No sé si quiero decir un carnero de la oligarquía, busco otras palabras, pero no me salen. Hacer una huelga a Perón es trabajar para la anti patria.

Un obrero le pregunta:

Compañera, un peón ferroviario gana 340 pesos. Nada más que 340 pesos. ¿Eso es justo, compañera?

La respuesta tiene muchos puntos de semejanza a la que ha ofrecido Ada Colau ante la huelga del metro barcelonés:

No, eso no es justo. Y hay muchas cosas que todavía no son justas. Los sueldos se van a llevar a 500 pesos, eso se lo juro yo, pero también les juro que lo vamos a hacer solo si abandonan esta huelga, muchachos.
       

Otro ferroviario, ante la pregunta de Eva sobre que habría sido de ellos si hubiese ganado en 1945 la Unión Democrática, le dice:

Eso es cierto, compañera, pero en el 45 no ganó la oligarquía, ganamos nosotros. Entonces de ellos no esperamos nada, pero de usted del general Perón, lo esperamos todo, compañera.


La respuesta de Eva Perón es lapidaria:

También Perón y yo esperamos cosas de los peronistas. Ante todo, que no nos hagan huelgas. Que no den mal ejemplo a los otros compañeros. No queremos huelgas en la Argentina de Perón.

Claro que la respuesta de Ada Colau también se asemeja mucho a la que han dado todos los presidentes de gobierno socialistas de España, González, Rodríguez Zapatero, cuando Sindicatos como UGT le han montado huelgas generales: ¿Cómo pueden los míos hacerme una huelga a mí?

Para rematar el dramatismo de la escena y perfilar la imagen implacable de Evita, el personaje termina su mitin con una amenaza nada velada:

Por última vez, compañeros. Levanten esta huelga. Después no digan que no les avisé. Porque si hay que dar leña, vamos a dar leña, compañeros. Caiga quien caiga, cueste lo que cueste.

Hoy es complicado que ese vamos a dar leña se traduzca en el envío del ejército a reprimir la huelga, como ocurría en Barcelona durante la dictadura de Primo de Rivera. Ahora las técnicas son más depuradas.  Y en el caso del ayuntamiento presidido por Ada Colau la estrategia ha consistido en intentar desprestigiar a los huelguistas, difundiendo unos supuestos salarios que los sindicatos de la empresa han negado, y quien ha reventado la huelga, elevando los servicios mínimos al 65% por la activación del protocolo de contaminación atmosférica por parte del accionista de la empresa.

Más allá de las razones objetivas de los huelguistas del metro de Barcelona y de la alcaldesa de la ciudad, lo que no puede permitirse un gestor público de izquierda como Colau es utilizar los mismos argumentos torticeros que utiliza la derecha mediática, política y económica para desacreditar las huelgas obreras.

Porque, a veces, tirar de curriculum no basta para llevar razón. Sobre todo porque, a veces, simplemente no la tenemos.

sábado, 20 de febrero de 2016

¿Una nueva política sin un pueblo nuevo?

 

Fue en los noventa, tras trabar amistad con C.S.G., cuando descubrí que desde siempre mis análisis habían sido sistémicos. Por eso, cuando reflexiono parto del hecho de que el cambio de una parte de un sistema afecta a todo el sistema, modificándolo, aun cuando a veces sus efectos no sean observables, medibles o cuantificables.

El inicio de la crisis económica que nos asola, fue el detonante de la voladura de una fantasía en la que la sociedad española venía instalada desde hace décadas. Eso la ha convertido en una crisis sistémica, global,  que ha sumido en el estupor y la desesperación a amplísimas capas de la población.

¿Qué sociedad hemos construido en estos años? ¿Con cuanta miseria hemos convividos mientras nos creíamos en una Arcadia feliz y venturosa? ¿Cuántos no pensaban hasta 2008, como los norteamericanos en los locos años 20, que en España no íbamos a necesitar paraguas nunca más porque íbamos a vivir eternamente bajo un sol radiante?

Y como no podía ser de otra forma, nuestra reacción ha sido la que culturalmente nos corresponde: culpabilizar a los demás de nuestros males.

Y ese es, a mi entender, el gran error actual de la sociedad española. Su confianza desmedida en la nueva política, como medicina a todos los males que nos afligen, es de una simplicidad que espanta, y que nos profetiza nuevos problemas a medio y largo plazo.

Y claro que es necesaria una nueva política, un cambio de los paradigmas sobre los que transitaba nuestro sistema político e institucional. Y esta necesidad de cambio es una oportunidad de ser ambiciosos y atrevidos, planteando alternativas que hasta el momento no nos hemos permitido ni soñar.

¿Pero qué mimbres tenemos para ese nuevo cesto que contenga la nueva política? Me temo que los mismos de siempre. La misma sociedad de siempre. Los mismos esquemas mentales de siempre. Los mismos hábitos españoles de siempre de echar la responsabilidad fuera de nosotros, esperando que sean los demás los que cambien porque, está claro, yo no tengo ninguna responsabilidad sobre lo que ocurre y por lo tanto no hay necesidad de cambiar nada.

En esta crisis que se nos está haciendo interminable, apenas he leído o escuchado (en tertulias, conversaciones informales, artículos, foros, redes sociales, etc.) a ciudadanos que hayan hecho un planteamiento que contenga un ejercicio de autocrítica, identificando su cuota de responsabilidad y comprometiéndose con medidas viables a cambiar de aquellos hábitos con los que colaboró (por acción o por omisión) a las dinámicas sociales y económicas que han dado lugar a esta crisis sistémica.

No sé, cosas del tipo: yo antes si me preguntaban si factura con IVA o sin IVA, casi siempre decía que sin IVA; a partir de ahora me negaré a pagar sin IVA. O por ejemplo: antes pensaba que la política era cosa de políticos, pero ahora voy a intentar informarme mejor para saber que es realmente lo que pasa e intentar que no me vuelvan a engañar. O: yo antes no desconfiaba cuando me ponían un papel por delante y firmaba sin leer, pero ahora me doy cuenta que era un error y pienso leer todo antes de firmar, e incluso consultar con otros si hay algo que no entiendo. E incluso: yo antes pensaba que la democracia era solo votar cada cuatro años, pero ahora he comprendido que no, y por eso voy a tomarme más en serio asistir a las reuniones de Comunidad de Propietarios y a las reuniones de las AMPAS de mis hijos.

Pero no. Confortados con la consoladora doctrina de la-culpa-la-tienen-los-demás defendida por todos, incluidos los más críticos con el actual sistema político, nadie parece asumir la necesidad de cambiar personalmente para contribuir al cambio.

No veo en los medio de comunicación, en el debate político o en los comentarios de mi entorno, nuevos mimbres, una reflexión colectiva que nos hagan mejores personas y con ello se pueda vislumbrar un nuevo pueblo, con mayores dosis de comportamiento crítico, autocrítico y ético.

Cierto que la sociedad española ha cambiado y ello obligará a cambiar a las instituciones, las administraciones, o incluso durante un tiempo descenderá la corrupción política. Pero será un cambio débil, nada vigoroso y sin un sesgo ético. Por ello, pasados unos años, volveremos a las andadas y nada de lo sufrido habrá servido lo suficiente. Y la sociedad española de 2025 se parecerá peligrosamente a la sociedad española de 2005.

Aunque siempre nos quedará el consuelo del refranero: el que nace lechón, muere cochino.

domingo, 14 de febrero de 2016

#PECCAmos



Ayer tuvo lugar la novena edición de la Pequeña Muestra de Cine de Ambiente (PECCA) organizada por la asociación LGTB sevillana DeFrente. Sumar nueve ediciones de una actividad asociativa de esas características es todo un éxito que debemos celebrar, y demuestra que contra lo que muchos puedan pensar, Sevilla tiene músculo suficiente para este tipo de iniciativas.

Esta novena edición ha notado el cambio de gobierno municipal, ya que desde el “exilio” de otros años en espacios de la periferia de la ciudad, este año el ayuntamiento ha cedido para su celebración el Teatro Alameda, situado en la Alameda de Hércules, lo que sin duda realza el protagonismo de la PECCA.

Es la primera vez que asisto a esta gala, y desde luego salí deslumbrado. Una impecable organización, una magistral María Quesada como maestra de ceremonias, y una cuidada selección cinematográfica por parte de un jurado de primera (Carlos Durrif, José Luis Cienfuegos, Javier Rojas) contribuyeron a ello.

En cuanto a los cortos, me fascinaron algunos, me sorprendieron otros, y quiero compartir mi opinión sobre ellos, junto con la recomendación de que lo veas si te es posible.

ROSA, de Javier Gómez Sánchez. Abrió la muestra, con lo que tiene de bueno y malo. Una correcta cinta que refleja de una manera actual el posible conflicto de salir del armario, y como la diversidad se va instalando, aunque a retazos.

OH I LOST MY LEGS! de Natasha Rodríguez y Ramírez. En VOS, esta cinta parisina interpretada en inglés fue la única de contenido claramente lésbico. Una cinta que muestra como aún nos encontramos entre la duda y la aceptación de la propia sexualidad.

ROJO, de Carlos Alejandro Molina M. Sin duda mi favorita, este corto venezolano me sorprendió por su origen (la Universidad de Los Andes), un guión muy cuidado, y una realización más que correcta. La decisión de un final previsible no resta un átomo de tensión argumental, en un tema más que escabroso que es tratado con una delicadeza magistral.

FRITAS, de Manuel Gomar. Sin duda el más divertido de todos los cortos, razón por la que posiblemente llevó a ser el favorito del público asistente y premiado con la PECCA de Plata. Una cinta onubense ambientada en 1978, con tintes almodovarianos, que trata la homosexualidad de forma tangencial pero que en ese retazo nos recuerda la realidad de miles de parejas de gays en muchos pueblos y ciudades españolas de aquella época.

MI HERMANO, de Miguel Lafuente. Fue el corto que más me sorprendió. Si lo hubiese visto hace veinte años me habría fascinado su guión. Pero en 2016, me sorprendió que aún exista la necesidad de contar una historia así. Un drama en el que un joven que trabaja en Berlín recibe la noticia de que su hermano de 15 años ha fallecido en extrañas circunstancias. Una producción e interpretación impecable al servicio de una realidad que me sonaba a vieja. ¿O acaso erramos al dar por hecho que hay cosas que ya no ocurren?

TODO SOBRE TI, de Carlos Pineda. Una pequeña joyita con la que disfruté enormemente y que me lleva a una pregunta que me he hecho durante años y que siempre he respondido con un sí rotundo.

DE VUELTA, de Gabriel Dorado Pérez. Para mi gusto, tal vez la más intrascendente de las historias, que se compensa con la actuación de los protagonistas. Un fragmento de realidad casi irrelevante, un momento del paso de la adolescencia a la juventud de dos chavales algo más que amigos, pero que adquiere relevancia cuando se señala.

RARO EL QUE NO ES RARO, de Cristopher Carballo Lerma. Un corto mexicano en el que a veces eché de menos que no estuviera subtitulado en castellano normalizado. Una cinta que me enamoró y que muestra una visión de la realidad gay alejada del drama pero que no evita mostrar el conflicto.

EN RETOUR de Benjamin Wacksmann. Esta cinta francesa cerraba la competición, y plantea una historia que para muchas personas puede sorprender: como el amor puede llegar hasta las relaciones menos convencionales. Un corto de manufactura preciosista, cuidada y en VOS.

Cerró la muestra la obra galardonada con la PECCA de oro, concedida por el jurado. Una obra que trata el hecho LGTBI de forma tangencial pero que está llena de emoción, planteando una cuestión que siempre ha sido una obsesión para mí: ¿cuáles son las últimas palabras que dices a una persona que quieres o amas, cuando no sabes que será la última vez que la veas?

Y no puedo terminar este post sin recordar la actuación de La Rococompani, un divertidísimo dueto que llenó el teatro de carcajadas.


domingo, 7 de febrero de 2016

Despreciables filtraciones

 


Algo que siempre me ha indignado (sí, sí, yo tengo el hábito de indignarme desde mucho antes de que se pusiera de moda) ha sido la tradición de algunos, muchos para mi gusto, de los y las dirigentes del partido en el que milito, de mantener un periodista de cabecera al que utilizar partidistamente en su beneficio, filtrándole noticias para que al día siguiente sean publicadas y trabajen en su favor.

No se trata de un hábito exclusivo de las filas socialistas, ni especialmente novedoso, ya que las denuncias del extraño maridaje entre periodistas y políticos recuerdo haberlas leído durante la Transición.

Por desgracia, esta fue una práctica extendida entre la dirigencia socialista de la ciudad de Sevilla en los últimos años del mandato de Alfredo Sánchez Monteseirín, cuando los debates de los órganos del partido, incluidas las reuniones de la Comisión Ejecutiva Provincial, eran conocidos antes por esos periodistas de cabecera que por los cuadros de las Agrupaciones Locales, entre los que me encontraba.

Y me indignaba, y me indigna, porque tengo la convicción de que los compañeros y compañeras filtradoras piensan que utilizan a esos periodistas en su beneficio, sin comprender la terrible verdad: que son esas compañeras y compañeros dirigentes los que son utilizados por los periodistas y las empresas para las que trabajan, en detrimento fundamentalmente del partido y su ideario. Por ello, mi indignación por las grabaciones filtradas del Comité Federal ha alcanzado la máxima intensidad.

Aún no se ha sabido a ciencia cierta si las mismas se han realizado por parte de algún miembro del Comité Federal, de los servicios administrativos del partido o por parte de personas ajenas al PSOE. Pero en caso de confirmarse de que mi partido no ha sido víctima de un contubernio externo para dinamitar su imagen, la confianza de sus militantes y el apoyo de sus votantes, se trataría de una de las acciones en la vida orgánica más despreciables de las que soy capaz de imaginar.

Sin duda hay otras aún más despreciables (la corrupción y la violencia física o psíquica hacia compañeros, por ejemplo) pero a efectos orgánicos se trata de una de las más graves.

La repugnancia que me produce me ha llevado a negarme a escuchar las grabaciones publicitadas por la cadena Ser, e incluso a cambiar de canal de TV cuando se han emitido fragmentos de las mismas. No me interesa lo más mínimo conocer el debate del máximo órgano socialista entre congresos, robado de forma tan infame.

Porque dicha filtración es una agresión al conjunto de la militancia, ya que la democracia interna descansa sobre la posibilidad real de un debate sin cortapisas allí donde debe producirse. La filtración de la semana pasada colapsa la confianza mutua que permite el mayor grado de sinceridad entre dirigentes, donde debatir las diferencias, y alcanzar los consensos básicos.

Lo único positivo que soy capaz de encontrar a esta acción que concita mi mayor desprecio es que sirva de revulsivo y lleve a la convicción a los y las compañeras dirigentes del partido, sea cual sea su nivel, de que un periodista nunca será un aliado, ya que sirve a otros intereses: el interés general en el mejor de los casos, a su carrera profesional o los intereses de la empresa que le paga el salario, en el caso más habitual.
  
Como socialista me siento injuriado en lo más profundo de mi militancia. Como ciudadano, siendo el mayor de los desprecios hacia el que ha producido la filtración.