domingo, 26 de abril de 2015

Rodrigo Rato, o el paradigma español de la degradación del mito



Lo de Rodrigo Rato se veía venir. Bueno, si hay que ser sincero, lo que se veía venir era que la dirigencia del PP, al recuperar el control de las instituciones, lo ejercería como ha estado acostumbrada.

Y es que la actual dirigencia del partido del gobierno son los descendientes o allegados de esa clase plutocrática que a lo largo de los últimos doscientos años, tras la caída del absolutismo y su aristocracia y la emergencia del liberalismo y su burguesía, ha ido colonizando el poder en España gracias al comercio de esclavos, el contrabando, el uso interesado de los monopolios y la rapiña durante la Desamortización, Es decir, en términos generales, la burguesía española se ha convertido en estos dos siglos en una clase parasitaria sin ningunos de los valores de la burguesía de otros países (emprendimiento, asunción de riesgo, innovación)

Y de esta clase parasitaria se nutrió los altos funcionarios del Estado. Porque al contrario de cierta ensoñación interesada (que describen un pasado no demasiado lejano donde la alta administración del Estado, gracias al funcionariado, estaba regida por hombres capaces y honrados), históricamente la Administración española ha estado ocupada por los más mediocres de la burguesía, que conseguían sus plazas en propiedad por un sistema clientelar y corrupto que les aseguraba verdaderas regalías a las que por su intelecto y capacidad nunca podrían alcanzar.

Pero si a mí personalmente no me sorprende que el PP atesore entre sus cuadros a verdaderas bandas de saqueadores (que tanto recuerda el comportamiento de los vencedores de la Guerra Civil española) sí me fascina en cambio la reacción popular hacia aquellos que, contra cualquier sentido racional, habían sido encumbrados a las más altas esferas de la mitología patria.

Rodrigo Rato siempre ha sido un mediocre: como empresario (se afirma que arruinó las empresas familiares) y como político. Por eso, desde sus primeros panegíricos, me extrañó la fama alcanzada, y que muchos afirmaban que era debida a haber salvado a España con Aznar, y ser el artífice del milagro de aquellos años. Y la culminación de esta extrañeza llegó cuando fue investido Doctor Honoris Causa (¿qué causa? ¿en base a qué honor?) por la Universidad Rey Juan Carlos, una de esas instituciones académicas creadas como churros al calor de la especulación de los años 90 y 2000, sin apenas calidad académica pero que asegura, previo pago de importantes matrículas, un título universitario a los que son incapaces de conseguirlo en una universidad pública.

Claro que en un comportamiento público típicamente español, ahora andan como locos recogiendo firmas para quitarle a Rodrigo su doctorado.

En otros post de este blog, creo que a propósito de Juan Ignacio Zoido (otro ídolo que está a punto de ser arrastrado por el fango del odio popular sevillano), he recordado la anécdota (posiblemente falsa) sobre Alfonso XII a su entrada en la capital tras el exilio. La web Segunda República la refiere así: Viendo Alfonso a unas mozas muy bullangueras, que se ganaban la vida en el mercado de la Plaza de la Cebada, cedió a su instinto político y se acercó caracoleando para agradecerles sus vítores. «¡Más gritábamos cuando echamos a la puta de tu madre!», le explicó una moza enardecida.

En España pasamos de encumbrar a nuestros mitos tan rápidamente como los destruimos y enfangamos. Porque la degradación pública de Rato, ese deseo de ver arrastrado por el lodo de la historia a quien no hace mucho andaba encumbrado por las multitudes, es una constante de la historia española. Cada época tiene sus ídolos y sus mártires, sus prohombres y sus héroes, y en una muestra del hecho diferencial español, a veces aparecen y desaparecen como el Guadiana. Desde luego ese encumbrar y derribar es tan agotador como desagradable.

Un caso realmente curioso lo tenemos en Sevilla, a propósito del pobre José de Letamendi Manjarrés, conocido popularmente como Doctor Letamendi. Este catedrático catalán, que lo fue de la Universidad de Barcelona y Central de Madrid (rebautizada durante el franquismo como Complutense), murió en 1897. Sevilla, siempre un poco retardada en esto de la modernidad, le dedicó en 1916, con los máximos honores, una calle, la antigua Correduría, con un vistoso acto y la colocación de una hermosa plana en el número 9 de dicha vía urbana, como nos recuerda la web Sevilla Desaparecida.

Menos de un siglo después, el ayuntamiento de la ciudad decidió que ya había gozado de la suficiente fama durante demasiado tiempo, así que procedió a eliminar su nombre de dicha calle a la que volvió a rotular con su anterior nombre de Correduría. Pero al tratarse de una corporación de las izquierdas, menos cainitas que las derechas, decidió que el doctor Letamendi al menos merecía el honor de un callejón frente al Instituto Anatómico Forense (vía en la que el único hecho reseñable es la de contar con una salida lateral del supermercado Mercadona de la calle Don Fadrique). Parece que los años han empalidecido, pero no hecho desaparecer, su fama de médico humanista, a la par que poeta, músico, sociólogo, político, economista, literato, etc.

Decía que el caso de la calle Doctor Letamendi de Sevilla era curioso, pero no único ni el más sangrante. La calle Larios de Málaga, por ejemplo, ha pasado sus pocos más de cien años de existencia, cambiando de nombre como quien cambia de traje (de Larios a Pablo Iglesias, para luego mutar en José Antonio y recuperar finalmente su nombre inicial), o la plaza de San Francisco de Sevilla, que en los últimos dos siglos ha disfrutado de los nombres de Plaza de la Constitución, Real de Fernando VII, del Rey, de Isabel II, de la Libertad y de la Falange Española.

Hace años comprendí este carácter tan español, cuando el autor de mis días me advirtió de lo vano del deseo de pasar a la posteridad. Mientras me hablaba de ello paseando por los alrededores de la antigua estación ferroviaria de Málaga, me señaló la hermosa placa de mármol, llena de mugre por la contaminación y el abandono, que mostraba el rótulo de la calle Héroe de Sostoa sobre una fachada de ladrillo, igualmente sucia, del asilo de las Hermanitas de la Caridad. Esto es lo que puede esperarse en el mejor de los casos: una placa llena de mugre.

Mucho después, leí en el Diario Sur que nadie tenía claro el beneficiario de tal honor, ya que se ignoraba si se trataba de un héroe llamado Sostoa, o unos héroes de la batalla de Sostoa. Parece ser que finalmente se dedicó a tal Tomás Sostoa Achúcarro, nacido en Uruguay y fallecido en Málaga, a propuesta del consulado de dicho país sin que quede constancia histórica sobre su supuesta heroicidad, aparentemente alcanzada durante la Guerra de la Independencia americana.

Desde entonces ha ido creciendo en mí la prevención hacia el reconocimiento de mis paisanos. Y por si algún día hago algo, dios no lo quiera, que me haga merecedor de pasar a los libros de historia, bajo ningún concepto aceptaré un doctorado honoris causa ni una calle. En todo caso, solo aceptaré una buena mariscada.
             
Y que luego me quiten lo bailao.

domingo, 19 de abril de 2015

Andalucía, ahora ¿qué?



Cuando escucho, o pienso, plantear hipótesis sobre lo que va o ocurrir en el futuro, especialmente en cuestiones políticas, siempre me acuerdo de la infeliz pitonisa parisina, de gran éxito entre la alta burguesía de la Belle Epoque,  de la que nos habla Guy Bechtel en su libro  Los Grandes libros misteriosos (Plaza y Janés, 1977). Este autor, a la hora de analizar los libros proféticos, recordaba el pronóstico de la adivinadora publicado por un periódico de la capital francesa en los primeros días de la Gran Guerra, en el que afirmaba que la misma duraría apenas unos meses y terminaría con la entrada triunfal de las tropas galas en un Berlín derrotado y humillado. Bechtel nos advierte que la mayoría de las proyecciones o adivinaciones, son más útiles para saber lo que piensa la persona que las emite que para conocer el futuro.

Por eso siento mucho pudor de aventurar escenarios, especialmente los políticos. Pero una mezcla de narcisismo (por aquello de poder decir “ya lo dije”) como necesidad de ordenar ideas, me ha animado a escribir este post sobre lo que puede ocurrir políticamente en Andalucía en los próximos meses tras las elecciones autonómicas del 22 de marzo, en el que intentaré separar mi análisis de lo que creo que sería la estrategia oportuna de los distintos partidos y de lo que me gustaría que pasara.

El mantenimiento de parlamentarios por parte del PSOE respecto a 2012, que no de votos, y el pinchazo de las expectativas de PP y PODEMOS, noqueó a los que esperaban un descalabro de los socialistas y la euforia de quienes lo temían. Pero pasadas algunas semanas, la realidad se impone, y el panorama se antoja mucho más complejo de lo muchos pensaron la misma noche de las elecciones.

La primera pregunta a responder sería si Susana Díaz acertó o no en disolver el Parlamento y convocar elecciones anticipadas, habida cuenta que disponía de una mayoría más o menos estable y un presupuesto para el año 2015. Soy de la opinión que la convocatoria fue un coctel en el que se mezclaban muchos factores, de interés general y particular, de cálculo electoral pero también de estabilidad.

El discurso que cuestionaba la legitimidad de la presidenta, al no ser el PSOE la fuerza más votada en 2012 y haber recibido la responsabilidad tras la dimisión de José Antonio Griñán, había calado no sólo entre gran parte del electorado socialista sino que percibo también había llegado a San Telmo. Además, la instrumentalización de la corrupción hacía necesaria visualizar la mayor ruptura, dentro de lo posible, con los gobiernos anteriores, ya que la gestión política diaria, y cualquier éxito de la misma, estaba lastrada por el pasado.

La estabilidad gubernamental dependía de una fuerza muy inestable, Izquierda Unida, cuya dirección en Andalucía estaba cuestionada constantemente en lo interno por la posición de la CUT y muchos militantes que había aceptado a las trágalas el referendo interno celebrado en su día, y las cada vez más evidentes maniobras de la dirección federal de IU, o una parte de ella, incómoda con el bipartito andaluz, que a tenor de lo expresado por la fuerza emergente PODEMOS, dificultaba cualquier confluencia con el PCE y sus socios.

A la postre se ha demostrado que este argumento era sólo parte de la estrategia de los de Iglesias y los suyos para socavar una de las fortalezas de IU (como se ha demostrado en los movimientos de confluencia para las municipales donde PODEMOS ha demostrado que su único interés es arrebatar espacio electoral y cuadros a IU, hecho que ha sido denunciado en los últimos días con gran enfado por Cayo Lara) pero que hasta marzo había calado en la federación de izquierdas, especialmente entre los más próximos a Alberto Gazón. Contra lo que sostienen muchos, especialmente desde IU, la consulta a las bases en verano sobre la continuidad del pacto, que tengo la convicción de que era una patada hacia delante de la dirección andaluza de IU que no reflejaba ninguna intención real de provocar la ruptura con el PSOE, colocaba a Susana Díaz es una de las posiciones políticas que menos le gusta: estar a merced de acontecimientos sobre los que no puede ejercer ninguna influencia.

El cálculo político de los beneficios y perjuicios de ser la primera o la última en enfrentarse a PODEMOS también creo que influyó en el ánimo de Susana Díaz a la hora de tomar una decisión.

Por último, también creo que pesó su intención de reforzar su papel dentro del PSOE (con su postulación o no a las primarias que se convocará en verano para elegir al candidato socialista), ya que su previsible victoria adquiriría mayor relevancia antes de una posible victoria de Pedro Sánchez que después. En estos momentos, el liderazgo electoral del PSOE es Susana Díaz, pero si se hubieran celebrado las elecciones en 2016 con Pedro Sánchez en la presidencia del gobierno, los mismos resultados, o incluso mejores, no tendrían la misma virtud en el corazón de la mayoría de los y las socialistas.

Estoy seguro que influyeron muchos más factores, algunos de los cuales nos iremos enterando en los próximos meses y años, y algunos de los cuales no nos enteraremos nunca. Pero el resultado de todo ello ha sido que los resultados del 22 de marzo han provocado una foto fija política, muy alejada de las expectativas de las fuerzas que concurrieron, por defecto en la mayoría de los casos, pero también por exceso en el caso de CIUDADANOS.

El PSOE ganó las elecciones, y repetir escaños, con la que está cayendo, ha sido todo un éxito, pero parece insatisfactorio si lo que se pretendía era rozar la mayoría absoluta. ¿Tenía la convicción Susana Díaz que podía rozar o superar los 50 escaños? No tengo información cierta, pero tengo la impresión de que sí podría creer que lo rozaría (¿49 era la cifra mágica?) pero que no lo superaría. Por lo tanto, su satisfacción el día de la noche electoral vendría más por saber el descalabro del anterior ganador, el PP y lo alejado que quedaba el PSOE del resto de fuerzas, que por haber alcanzado su objetivo.

El PP, PODEMOS e IU fueron los grandes perdedores, y eso suele llevar a dos estados emocionales, muchas veces no excluyentes: el decaimiento o la necesidad de venganza. Y en ello andan. El PP andaluz y su electorado se siente víctima de todos, de la dirección del Partido, del presidente del gobierno de la Nación, de una aviesa Susana Díaz, y de su propio candidato. PODEMOS, pero sobre todo parte de su militancia, habían caído en las fantasías de sus propios orgasmos demoscópicos aderezados convenientemente por las redes y ciertos medios de comunicación, que les llevó a soñar, más allá de cualquier elemento racional, en el sorpasso, quedando el partido de Teresa Rodríguez por delante del de Susana Díaz. Por ello, el magnífico resultado obtenido ha sabido a ceniza en el paladar de muchos de los suyos.

IU, por su parte, ha sido realmente la que más ha perdido en estas elecciones. Ni los favorables al pacto con el PSOE han salido satisfechos con la experiencia, ni los de la CUT, que apostaron desde el principio por  no suscribirlo y que antes de las elecciones habían abandonado IU, por más que posteriormente Sánchez Gordillo, tras ser menospreciado por los de PODEMOS, haya afirmado que se siente primo (esperemos que sea en el sentido familiar) de la federación de izquierdas. Y los 5 escaños alcanzados se antoja una verdadera tragedia a una formación que aspiraba a ser determinante en la nueva legislatura y que queda reducida a la nada porque ni siquiera Susana Díaz los necesita para convertirse en la primera presidenta electa andaluza.

Para mí, el único vencedor de las elecciones ha sido una fórmula exógena como CIUDADANOS, que con un candidato desconocido, un presidente impresentable como Albert Rivera, y un programa electoral claramente anti-autonomista, han conseguido 9 escaños. Tengo la convicción que en Andalucía la buena racha de este partido alcanzará su clímax en las elecciones municipales de mayo, pero que para las generales de noviembre ya se verá su declive.

He dejado escrito que este tipo de derrotas llevan al decaimiento o la venganza. Y parece que éste es el sentimiento que se ha impuesto en gran parte de las direcciones del PP e IU, menos en la de PODEMOS, pero sí entre su electorado: al enemigo, ni agua, parece ser el leitmotiv entre las bases y una parte significativa de los votantes de las tres formaciones.

Todos parecen coincidir que hasta después de las municipales del 24 de mayo ninguna fuerza se planteará su abstención en el Parlamento para facilitar la elección de presidenta a Susana Díaz.

Entre los favorables a PODEMOS e IU parece cundir la convicción, que sería la profecía auto-cumplida promovida desde sus filas, que la responsabilidad de Estado del PP o el pacto secreto entre PP y PSOE de apoyarse mutuamente en Sevilla y Madrid, llevará a los conservadores-liberales (¡que engendro conceptual!) a abstenerse antes o después, de forma que se evite la repetición de elecciones.

Para los que hayan tenido la preocupación de analizar la trayectoria de Susana Díaz desde sus tiempos de Juventudes Socialistas, la lideresa andaluza del PSOE ha demostrado una gran capacidad de llegar a acuerdos incluso desde posiciones antagónicas, pero sobre todo para ganar en los escenarios más complicados. Como dicen un líder sevillano del PSOE, “se enfrenten quienes se enfrenten, al final siempre gana Susana”.

Pero esta vez creo que Susana Díaz no sólo tiene pocas cosas que ofrecer para llegar al pacto, sino que además puede tener un interés sincero de no llegar a él. Todos parecen dar por hecho que la repetición de las elecciones es un mal escenario para Andalucía pero que es inevitable.

¿Qué gana o pierde el PSOE de Susana Díaz si no consigue que algunas de los grupos relevantes (todos menos IU) se nieguen a abstenerse en las votaciones de investidura y se tiene que convocar elecciones? En el día a día hasta la nueva cita electoral gana más que pierde: con un presupuesto aprobado y la excusa de la ingobernabilidad, puede mantener sus estructuras gubernamentales durante seis meses más (es decir, sus cuadros, asesores, etc.), seguir usando el presupuesto sin control parlamentario y desarrollando políticas sociales en un entorno económico más favorablemente que le permite gastar más en sanidad, educación y servicios sociales, etc. En cuanto al resultado de una nueva cita electoral, la gestión de estos meses y un manejo adecuado del victimismo, puede llevar a muchos votantes que no lo han hecho en marzo, desencantados con PODEMOS y CIUDADANOS, a dar su apoyo al PSOE.

El PP tiene poco que ganar absteniéndose en las votaciones de investidura de Susana Díaz y mucho que perder. La sangría que ha sufrido y que tanto ha beneficiado a CIUDADANOS, ha sido la percepción de que es necesaria la ruptura de un status quo, conformado por dos grandes fuerzas (un bipartidismo imperfecto que no está llamado a ser derrotado sino sustituido por las fuerzas emergentes). Por eso, favorecer la elección de Susana Díaz, aunque sea con la abstención, podría no ser lo más recomendable.

Y no sólo por la necesidad de venganza, que tras la derrota sin paliativos del 22 de marzo es el sentimiento más extendido entre sus cuadros y votantes, sino porque dando por hecho que esos 30 parlamentarios son su suelo electoral a prueba de bombas, unas nuevas elecciones autonómicas en medio de un nuevo ciclo económico expansivo (que tardará en ser percibido pero que lo hará antes que después), la posibilidad de dar a conocer más un candidato tan encantador en lo personal como desconocido y extraño en lo político, y la explosión de la burbuja de CIUDADANOS, puede llevar a recuperar en seis meses algunos de los 17 escaños perdidos respecto a 2013.

Y es que el argumento del gran pacto PP-PSOE difundido interesadamente por algunos desde posiciones de izquierdas o desde la centralidad del tablero, es tan falso como creíble. El PP ya ha demostrado en el pasado que poner en riesgo la estabilidad del Estado es un costo asumible si el premio es el liderazgo y la gobernanza, como confesó José María García respecto a la estrategia desarrollada, en tiempos de Felipe González, por José María Aznar como presidente del PP.

PODEMOS, que puede desarrollar estrategias arriesgadas sin perder la comprensión de los suyos, está atrapado en su propia envolvente antes de las elecciones generales. Sus votantes se distribuyen entre los que odian al PSOE, entres los cuales la frustración por el resultado del 22 de marzo no ha ayudado precisamente a superarlo, y los que esperan que los de Iglesias oxigenen un gobierno de izquierda. Desde la oposición y con un gobierno del PSOE en minoría, el grupo parlamentario de Teresa Rodríguez podría visualizar su estrategia de ruptura desde la izquierda. Y como parecen estar convencidos, según me comentan, que el PP se va a abstener y que Susana Díaz no será capaz de aceptar sus cuatro líneas rojas, tienen la convicción de que lo más correcto para sus intereses electorales de las próximas generales es permanecer en sus treces.

Pero a mi entender, esta estrategia adolecería de varias debilidades. Primera es la convicción de que el PP finalmente se abstendrá, cosa que creo que no ocurrirá. La segunda, la certeza de que Susana Díaz no aceptará las líneas rojas. Y es que de las cuatro sólo una no puede aceptar en este momento pero que en los próximos meses, posiblemente antes de junio, estará resuelta. Tengo la convicción que tras el pronunciamiento del Tribunal Supremo los ex presidentes Chaves y Griñán renunciarán a sus actas. Si son imputados, cosa que no creo, porque es el compromiso de Pedro Sánchez y Susana Díaz, es decir, de todo el PSOE. Y si no son imputados, porque ya no hay nada que temer de la jueza Alaya, y seguirán el ejemplo de Alfonso Guerra abandonando la actividad política parlamentaria.

Una vez que ocurra esto, es decir que Chavez y Griñán ya no tengan aforamiento, el resto de exigencias son asumibles para una Susana Díaz curtida en los pactos más extraños y difíciles. La incorporación de funcionarios interinos, va en línea con lo planteado con el PSOE y es posible gracias al cambio de ciclo económico; trabajar con entidades bancarias que no desahucien (es decir, con banca ética) tampoco será un obstáculo para quien prioriza su supervivencia política sobre las ganancias de los accionistas de las entidades bancarias clásicas; y reducir el número de asesores no sólo no es un obstáculo sino que puede ser una oportunidad para Susana Díaz para  “limpiar” la casa sin coste en lo interno, ya que es consciente de las propias limitaciones de sus responsabilidades, tanto al frente del gobierno y del PSOE de Andalucía, para desembarazarse del colesterol orgánico adherido tras 32 años de gobierno.

Por eso, la seguridad de PODEMOS de que su estrategia de líneas rojas le protege de tener que mojarse, se me antoja inocente. Si Susana Díaz acepta el envite, por estrategia de gobierno (esto es, ser elegida presidenta) o electoral (poner contras las cuerdas a PODEMOS antes de unas nuevas elecciones), ¿cuál va a ser la reacción de los 15 parlamentarios del grupo de Teresa Rodríguez? ¿Nuevas líneas rojas? ¿Aceptar la investidura? Sea cual sea, se me antoja un escenario muy alejado de la zona de confort de los seguidores de Pablo Iglesias.

Por su parte, tengo la convicción de que CIUDADANOS vive su particular vía crucis esquizofrénico. Por un lado, la dirección andaluza, representada por Juan Marín, tiene un interés real por entrar en el gobierno andaluz. Por otro, Albert Rivera no. Y es que las diferencias son más profundas de lo que pueda parecer. El catalán Rivera es  profundamente antinacionalista lo que le lleva a ser anti-autonomista. Juan Marín al contrario, como casi la mayoría de los andaluces, es una autonomista al que le gustaría mayores dosis de autogobierno. Este enfrentamiento, que posiblemente aún no es percibido por casi nadie, podría suponer a medio plazo una crisis importante dentro de la formación naranja.

Y a corto plazo, la nueva formación de derechas no tiene ningún aliciente electoral de visualizarse a nivel nacional como el tonto útil socialista para mantener el feudo andaluz, y prefiera mantenerse en la opción de votar en contra. Pero es cierto que la exigencia que plantean los de Marín a Susana Díaz es aceptable: asumir su Código Ético. Pero creo que si bien el PSOE hará esfuerzos en aceptar la propuestas de PODEMOS, con la convicción de que no se llegará al pacto, evitará aceptar las de CIUDADANOS, cada día más visualizado como una fuerza de derechas centralista, que daría la impresión de que prefiere las muletas de la derecha que de la izquierda.

Por su parte IU sigue dando respuestas equivocadas a preguntas erróneas. Parecía en 2013 que habían aprendido las lecciones de 1996, cuando la pinza de Luis Carlos Rejón, plasmación práctica de la teoría de las dos orillas de Anguita, llevó al despeñadero a la formación de izquierdas. Pero no. La lección no se había socializado, y ni por parte de las bases ni por parte de la dirigencia habían aprendido algo. Abrazar al oso, es decir al PSOE, es peligroso. Pero abstenerse de hacerlo o pactar con el cazador aún lo es más. La irrupción de PODEMOS, y una dirigencia y militancia más pendiente de los odios que de las oportunidades, ha impedido rentabilizar en términos electorales ha sido una buena gestión política.

Pero sobre todo, lo que ha quedado claro es que para construir una alternativa eficaz al PSOE en Andalucía hay que aceptar dos hechos: que el 28 de febrero fue un éxito colectivo del pueblo andaluz y que por mucha corrupción que pueda haber, la gestión de 32 años de autogobierno no puede reducirse a cuatro hechos paródicos (corrupción, redes clientelares, mediocridad y atraso). Porque además de ser falso, es un insulto a la inteligencia y/o a la dignidad de quienes durante décadas ha sostenido un gobierno del PSOE. Con esos argumentos no se puede esperar el voto de quienes han vivido los mejores años de la historia de Andalucía. Con esas descalificaciones no puedes esperar los votos a los que acusas de haber permitido un escenario de terror.

¿Cuál es mi opinión sobre lo que deberían hacer los partidos políticos con representación en el Parlamento de Andalucía? Cumplir el mandato del pueblo andaluz. El PSOE gobernar, por mucho que su secretaria general pueda tener la tentación de provocar unas nuevas elecciones. Y al resto de partidos, permitir el gobierno de Susana Díaz mediante la abstención de todos los grupos parlamentarios de la oposición. Esta sería, por lo tanto, mi deseo racional.

Pero no puedo negar que lo que me pide el cuerpo son nuevas elecciones. Nadie está a salvo de sus propias miserias emocionales. Ni la pobre pitonisa de Bechtel ni un servidor.

domingo, 12 de abril de 2015

Ralf Dahrendorf y la necesidad de la socialdemocracia


A finales de los noventa, por motivos que bien valen otro post, terminé reunido con José Manuel Romay Beccaría en su despacho del Ministerio de Sanidad. Y tuvo la gentileza, cosa que no me ha ocurrido nunca, de regalarnos a los asistentes a la reunión un ejemplar de Reflexiones sobre la revolución en Europa de Ralf Dahrendorf.

No tenía, ni tengo, una opinión política formada sobre él, más allá de su militancia en un Partido Político que en nada me siento reflejado. Pero sí me pareció muy atractivo en sus formas y en el detalle poco usual de regalar un libro que no era edición de la administración que dirigía ni que a priori suponía un proselitismo partidario hacia la formación del entonces presidente José María Aznar.

Y leí el libro que me descubrió un pensador muy atractivo, Dahrendorf, por más que en muchas ocasiones no comparta sus opiniones y razonamientos. Pero lo que más me quedó adherido a mis recuerdos de aquel libro fue una afirmación que he utilizado en este blog, cuando afirma que si el capitalismo es un sistema, debe ser combatido con la misma intensidad con que tuvo que ser combatido el comunismo. Y lo he recordado mucho en estos años porque he llegado a la conclusión de que el sistema capitalista que conocemos como neoliberal trabaja incansablemente para convertirse en un sistema en sí mismo, muy alejado de la sociedad abierta que defendía el pensador anglo-alemán.

Por cuestiones del destino, tras la búsqueda de documentación y libros que tengo depositados aquí y allá, en casas de familiares por culpa de una vida algo viajera, recientemente he recuperado aquel ejemplar, y lo he vuelto a leer, con igual o mayor fruición que la primera vez, como quien visita a un viejo amigo y descubre que a pesar de los años pasados sigue sin defraudar.

Y releyéndolo me he encontrado con pasajes e ideas que no recordaba, pero que a los cuales los más de quince años que han pasado desde su primera lectura le han dado un significado que yo no conseguí percibir entonces.

Reflexiones sobre la revolución en Europa tiene como subtítulo Carta pensada para un caballero de Varsovia que, como explica el propio pensador, era un trasunto y guiño al publicado en 1790 con el título Reflexiones sobre la revolución en Francia. Carta enviada a un caballero de París del inglés Edmund Burke. Las reflexiones de Dahrendorf era su análisis de los vertiginosos sucesos acaecidos en Europa tras la caída del muro del Berlín y el desmoronamiento del imperio soviético, a partir de 1989.

Desde su particular visión, recuerda en el texto su anuncio años antes de que “los partidos socialdemócratas de toda Europa no se hallaban en muy buen situación, y que aquellos que mejor estaban, como los de España o quizá de Italia, no era exactamente socialdemócratas” para concluir que “abogar por una sociedad decente ya no bastaba para el electorado de las sociedades avanzadas” y preguntarse “a qué se debía ese cambio de suerte de la fuerza política dominante durante un siglo”. “La respuesta más sencilla es: la victoria” afirmaba Dahrendorf. Una victoria que llevaba a nuestro autor a afirmar que “Entonces, todos éramos socialdemócratas y en muchos aspectos todavía lo somos”.

Y Dahrendorf comienza a describir de forma muy interesante la evolución que llevó a la socialdemocracia a su perdición:

La creación de una amplia mayoría compuestas por quienes podían satisfacer muchas de sus aspiraciones dentro de las condiciones existentes –una clase mayoritaria- transformó a los partidos socialdemócratas o bien en una fuerza protectora, por no decir conservadora, o bien en una fuerza prescindible, o en ambas cosas. El surgimiento de una clase mayoritaria (llamad a veces “clase media”, aunque el concepto se vuelve equívoco ante la ausencia de una clase alta que dé el tono y una cohesionada clase trabajadora) significó, sobre todo, que la tradicional base social de la socialdemocracia se había desvanecido. La clase trabajadora había decepcionado a sus líderes intelectuales; a diferencia de lo que éstos habían supuesto, no era en verdad una fuerza social particularmente progresista, sino una fuerza que buscó tanto la “ley y el orden” como el progreso económico y social, y cuyos miembros estaban, a fin de cuentas, complacidos por alcanzar dichas metas para sí mismos y para sus familias, sin importarles nada los demás. El conflicto de clases se transformó en movilidad social individual. […] A medida que se desarrollaba el proceso, la clase trabajadora no sólo perdió su cohesión, sino que además comenzó a encogerse. Surgió una nueva clase media de empleados de oficina, y aunque su posición en el mercado parecía similar a la de los obreros, ellos nunca se vieron a sí mismos como una parte del proletariado. El paso de la producción de bienes a la prestación de servicios redujo la clase obrera industrial a una minoría cuya condición social ya no pude ser caracterizada como oprimida o desdeñada”.

Si la victoria de la socialdemocracia dejó a la misma sin la clase social que había justificado su nacimiento (y por lo tanto su propia legitimidad), y abrió las puertas de par en par al neoliberalismo (que se ha convertido en la ideología y la praxis económica-política de éxito desde los años 80 del siglo XX), debemos aceptar la posición inversa.

Con el neoliberalismo, que ha dinamitado en gran medida todo el andamiaje político, social y económico de la socialdemocracia que había permitido la disolución de la clase trabajadora, han regresado las condiciones que permitieron el nacimiento de esta última. La victoria del neoliberalismo devuelve a la socialdemocracia su valor como ideología que, como afirmaba Dahrendorf, combina “democracia y planificación”, “libertad económica y control de la demanda”, “elección individual y redistribución”, en definitiva “libertad y justicia”.
          
Y ello porque al contrario que Marx y Engels, la socialdemocracia comprendió que el Estado lejos de ser el “cuerpo que administra los intereses comunes de la clase burguesa”, tenía que ser el instrumento que tiene la ciudadanía para reparar las injusticias del capitalismo. Por eso, frente al Estado mínimo del neoliberalismo y el no Estado del anarquismo, hay que recuperar el Estado al servicio del conjunto de la sociedad que propugna la socialdemocracia.

lunes, 6 de abril de 2015

Marchena, o el paradigma de no entender el turismo



Este año los “capillitas”, esa fauna no necesariamente católica, no necesariamente española, no necesariamente de derechas, han estado de en hora buena. La Semana Santa que finalizó ayer domingo lo hizo con un sol espléndido y unas temperaturas, más que primaverales, veraniegas de junio. Cielos despejados, naranjos en flor, y noches frescas que ponían un telón magnífico al rito de muerte y resurrección que no deja de tener su atractivo.

Pero las procesiones de Semana Santa van mucho más allá de las grandes ciudades de Andalucía. Con pequeñas o grandes diferencias, los más de 800 municipios de nuestra Comunidad viven la pasión, muerte y resurrección de Cristo, con su punto de impiedad, con su punto de paganismo, con su punto de herejía. De ahí que la Junta de Andalucía declarara en 2006 a todas estas procesiones Fiestas de Interés Turístico.

Por eso, estos días de Semana Santa se convierten en una oportunidad magnífica para acercarse a algunos de esos pueblos de campilla o sierra, de costa o montaña, que habitualmente los capitalinos solo observamos desde la lejanía de las rondas de circunvalación de nuestras autovías.

Marchena es uno de esos pueblos, lo bastante alejado de las grandes arterias como la A92 o la A4, pero con un pasado esplendoroso para que hoy sea una localidad ideal para el turismo, una distancia perfecta, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, del conurbano sevillano que aloja a más de un millón de habitantes, y un patrimonio rico que sin estar magníficamente conservado (mal de todo el patrimonio medieval andaluz) tiene elementos más que sobresalientes como antigua corte ducal de los Ponce de León y una edad contemporánea lo suficiente desigual para haber dejado hermosas casas de la burguesía agraria del siglo XIX y principios del XX.

Fueron estas razones, junto a mi pasión por el marchenero Lorenzo Coullaut Valera, escultor de los monumentos de Becquer de Sevilla y Cervantes de Madrid, y el extremeño Francisco de Zurbarán, los que me movieron a proponer a mis sobrinos visitar esta localidad el pasado Jueves Santos. Porque Coullaut Valera tiene su museo en la localidad que lo vio nacer, y la Iglesia de San Juan conserva una espléndida colección de nueve Zurbaranes que no se han movido de allí desde que llegaron en 1637.

Pero imagina cual fue nuestra sorpresa, desagradable por lo demás, cuando al llegar nos encontramos con una localidad cerrada a cal y canto por ser festivo. El museo de Coullaut Valera cerraba el Jueves y Viernes Santo y el Domingo de Resurrección. Es decir, los días más señalados para el turismo nacional. Y en cuanto al Museo de Zurbarán, para visitarlo hay que concertar aunque, eso sí, es de carácter gratuito.

Ante la imposibilidad de visitar ambos espacios museísticos, decidimos recorrer la localidad con la esperanza de ver algunas de sus iglesias en uno de los momentos álgidos del catolicismo popular, cuando las iglesias se llenan de fieles o simple admiradores de la retórica barroca de los cuerpos dolientes y las escenas de la Pasión de los pasos de misterio y de palio. Porque Marchena tiene buenos ejemplos de iglesias gótico-mudéjar y barrocas, desde la parroquiales de San Juan y Santa María, hasta las conventuales de San Andrés y Santa Clara. Pero el pasado Jueves Santo sólo tuvimos la oportunidad de visitar la capilla de la Veracruz y los dos pasos preparados para hacer penitencia aquella noche.

Claro que pasear por Marchena es siempre un placer, por sus calles de cuidadas casonas, algún que otro palacio y restos de su muralla medieval y de su alcázar, muchos de estos edificios perfectamente identificados por unas más que correctas señalizaciones bilingües castellano-inglés. Y eso hicimos, antes de almorzar en un mesón de la calle de las Torres.

Marchena representa el paradigma de la falta de entendimiento de qué es el turismo y para qué sirve. Porque no se trata de que un número indeterminado de forasteros se den una vuelta por las calles de una localidad y que lo único que dejen tras su paso sea la contaminación de los gases de combustión de sus vehículos.

El cuidado de sus calles, las señalizaciones, la existencia de tres museos y una oficina de turismo en Marchena son señales de que las autoridades municipales, provinciales y autonómicas aceptan la importancia del turismo para la creación de riqueza en los pequeños y medianos municipios andaluces, la mayoría con un gran patrimonio histórico y monumental.

Pero los museos, iglesias y centros de información cerrados en días festivos nacionales y autonómicos muestran que no han entendido que el turismo debe ser la excusa para posibilitar que el visitante gaste lo máximo posible con la mayor satisfacción posible. Todo monumento que por su valor histórico, artístico o etnográfico sea susceptible de ser mostrado al público debe estarlo los días en los que los y las forasteras pueden visitarlos, con pagos de entrada bien obligatorios, bien voluntarios como ocurre en el British Museum. Si no hay recursos para personal asalariado, seguro que pueden existir fórmulas novedosas de gestión con la participación de voluntarios culturales y/o parroquiales.
         
Y la información hasta llegar a los mismos debe planificarse no para el vecino sino para las y los forasteros que llegan a la localidad sin haber puesto nunca el pie en la misma.

En Marchena no hay señales adecuadas para llegar hasta el centro de la villa según se viene desde la A-92 por la A-364, situación que imagino similar si se llega por la misma desde Écija, o por la A-380 desde Carmona. Si se consigue llegar hasta el Arco de la Rosa o Puerta de Sevilla, deberían existir paneles informativos junto a los aparcamientos existentes que orienten al turista, o incluso mejor, una oficina de información turística en ese mismo lugar, porque para llegar a la actual, en la torre de la calle Manuel Rojas Marcos, hay que ir preguntando.

En esa oficina de información, que debería estar necesariamente abierta sobre todo los sábados, domingos y festivos nacionales y autonómicos, debería ofrecerse información suficiente de la oferta monumental y gastronómica, la cual además debería estar organizada de forma que el turista fuese tentado a permanecer el mayor tiempo posible en la localidad, ya que a mayor tiempo, mayores posibilidades de consumo y de gasto.
           
Nosotros al menos nos quedamos a almorzar y además de disfrutar de un precioso y soleado día de primavera en una hermosa villa, pudimos hacer algún gasto que repercutiera en la riqueza del municipio. Pero la verdad, nos lo pusieron difícil.